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TEOLOGIA.La verdadera espiritualidad
 
TEOLOGIA.La verdadera espiritualidad
Introducción.
¿Qué es la verdadera “espiritualidad”? ¿Qué es ser “espiritual”? ¿ Cómo se es “lleno del espíritu”? ¿Qué implica el “bautismo en el espíritu”? ¿Cómo cristianos, logramos andar en el Espírtu? ¿Es posible vivir la verdadera espiritualidad, como nuevas criaturas, inmersas en nuestra realidad postmoderna hoy?

La vida de la humanidad ha estado marcada por una búsqueda de lo espiritual, de lo mágico, de lo religioso. Yo misma en estos momentos he elegido este tema por el interés que de forma natural tiene todo lo que se refiere a lo espiritual, tanto dentro del cristianismo como fuera de él.

Debido a que sobre este tema, muchos han planteado interrogantes, han formulando preguntas (más o menos filosóficas, más o menos teológicas),ha hecho que alrededor de este tema exista una inmensa nube de opiniones que a veces nos abruma y nos confunde.

Mi intención es interrogar a la Palabra de Dios y ver en ella los indicios que nos dirijan a entender que es la verdadera espiritualidad. Creo que en este camino hay que hacer algunas paradas obligatorias para llegar a un final lo más acertado posible.

Nos detendremos un momento en los significados y énfasis que existen sobre lo espiritual antes de Cristo, en el A.T. Después entraremos en la espiritualidad según la forma en que habla el N.T., cómo la entendió el mismo Jesús y después de él sus discípulos, deteniéndonos en el pensamiento paulino.

Puesto que los escritos paulinos no son estériles tratados de doctrina, sino cartas dirigidas a personas concretas, y éstas personas tenían su propia forma de ver la espiritualidad (tal vez distinta a la que tengo yo hoy), será importante tener en mente la introducción a los significados de “Espíritu” en el A.T y N.T, para centrarnos correctamente en los escritos paulinos. Voy a intentar basar mi argumentación con un apoyo escritural lo más completo posible, intentando respaldar cada argumento con una porción de las Escrituras, persiguiendo que sean las Escrituras las que nos hablen y no mis propias opiniones y prejuicios o las de otros autores, confiando en el poder de la Palabra de Dios para iluminar nuestras vidas, según sus promesas.

“Sin embargo, entre los que ya han alcanzado la madurez en su fe sí usamos palabras de sabiduría. Pero no se trata de una sabiduría propia de este mundo ni de quienes lo gobiernan … hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría secreta que él, desde la eternidad, ha tenido para nuestra gloria…“Dios ha preparado para los que lo aman cosas que nadie ha visto ni oído, y ni siquiera pensado.” Estas son las cosas que Dios nos ha hecho conocer por medio del Espíritu, pues el Espíritu lo examina todo, hasta las cosas más profundas de Dios … solamente el Espíritu de Dios sabe lo que hay en Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que entendamos las cosas que Dios en su bondad nos ha dado.

Hablamos de estas cosas con palabras que el Espíritu de Dios nos ha enseñado, y no con palabras que hayamos aprendido por nuestra propia sabiduría. Así explicamos las cosas espirituales con términos espirituales.

El que no es espiritual no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son tonterías. Y tampoco las puede entender…Pero aquel que tiene el Espíritu puede juzgar todas las cosas…“¿Quién conoce la mente del Señor?...Sin embargo, nosotros tenemos la mente de Cristo.”

Espíritu: significado de rûa y pneuma
La palabra Espíritu proviene del hebreo rûa en el A.T, y del griego pneuma, en el N.T. Desde los tiempos más primitivos en el pensamiento hebreo tuvo diversos significados, todos aproximadamente de la misma importancia.

1. Viento, fuerza invisible, misteriosa, poderosa (Gn. 8.1; Ex. 10.13, 19; Pr. 25.23; Jer. 10.13), generalmente con connotaciones adicionales de potencia o violencia (Sal. 48.7; 55.8; Is. 7.2; Ez. 27.26).

“Aunque él fructifique entre los hermanos, vendrá el solano, viento de Jehová….”

“a su voz se produce muchedumbre de aguas en el cielo, y hace subir las nubes de lo postrero de la tierra; hace los relámpagos con la lluvia, y saca el viento de sus depósitos.”

2. Aliento, aire en pequeña escala (Gn. 6.17; Sal. 31.5; Ec. 3.19, 21; Jer. 10.14), la misma fuerza misteriosa vista como la vida y la vitalidad del hombre y también de los animales.

“Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad.” Puede ser perturbada o activada en un sentido particular (Job. 21.4; Pr. 29.11; Jer. 51.17), puede ser dañada o disminuida (Sal.

143.7; Is. 19.3) y reanimarse nuevamente (Gn. 45.27; 1 S. 30.12). Es decir, la fuerza dinámica que constituye al hombre puede ir disminuyendo, hasta que desaparece con la muerte o puede aumentar en un momento dado, como si recibiese una inyección de vitalidad.

“Pero Jezabel su mujer se acercó a él, y le dijo: ¿Por qué está tu espíritu tan decaído que no comes?”

“Respóndeme pronto, oh SEÑOR, porque mi espíritu desfallece; no escondas de mí tu rostro, para que no llegue yo a ser como los que descienden a la sepultura.”

“También le dieron un pedazo de torta de higos y dos racimos de uvas pasas y comió, y su espíritu se reanimó; porque no había comido pan ni bebido agua en tres días y tres noches.”

3. Poder divino, donde se usa la palabra para describir ocasiones en que algunos hombres parece han sido arrebatados o sacados fuera de sí. No se trata de una mera oleada de vitalidad, sino de una fuerza sobrenatural que se hace cargo de la situación y de la persona. Como pasaba con los profetas y hombres de Dios del A.T. (Jue. 3.10; 6.34; 1 S. 11.6), el mismo espíritu divino era el que llevaba al éxtasis y a los discursos proféticos (Nm. 24.2;1S.10.6,10).

“Y el Espíritu del SEÑOR vino sobre Gedeón, y éste tocó la trompeta y los abiezeritas se juntaron para seguirle.”

“Y el Espíritu del SEÑOR vino sobre él con gran poder, y lo despedazó como se despedaza un cabrito, aunque no tenía nada en su mano; pero no contó a su padre ni a su madre lo que había hecho.”

“Entonces el Espíritu del SEÑOR vendrá sobre ti con gran poder, profetizarás con ellos y serás cambiado en otro hombre.”

No se trata de un conjunto de significados diferentes; más bien estamos ante un conjunto de significados en el que los diferentes sentidos o énfasis de la palabra se superponen en parte unos a otros.

Se supone por tanto que no existía una distinción inicial clara en el pensamiento hebreo entre el espíritu divino y el espíritu humano o antropológico, sino que pueden equipararse (Gn. 6.3; Job. 27.3).

“Entonces el SEÑOR dijo: No contenderá mi Espíritu para siempre con el hombre, porque ciertamente él es carne” “Escondes tu rostro, se turban; les quitas el aliento, expiran, y vuelven al polvo.”

En el fondo del término está la experiencia de un poder misterioso y tremendo—la fuerza invisible y portentosa del viento, el misterio de la vitalidad, el poder externo que transforma—todos ellos son espíritu, y todos manifestaciones de energía divina.

Más tarde los significados espíritu humano, espíritu angélico o demoníaco, y Espíritu divino predominan y se diferencian más. Así, en el NT pneuma se usa casi 40 veces para denotar esa dimensión de la personalidad humana mediante la cual se hace posible una relación con Dios. (Ro.1.9; 8.16; 1Cor.5.3–5; 1Ts.5.23).

“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.”

EL ESPIRITU EN LA ENSEÑANZA Y EL MINISTERIO DE JESÚS
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En el judaísmo antiguo, de la época de Jesús, se acostumbraba a pensar en Dios como un Dios distanciado del hombre, el Santo Dios trascendente, elevado y sublime, que mora en la gloria inaccesible. De ahí viene el temor a pronunciar ni siquiera el nombre divino, y la tendencia a utilizar el lenguaje figurado: el nombre, ángeles, la gloria, la sabiduría, etc., distintas formas de hablar sobre la actividad de Dios en el mundo sin poner en peligro su Santidad por nuestras palabras.

En los primeros tiempos “el Espíritu” era una de las formas principales de hablar acerca de la presencia de Dios, de que el Espíritu del Señor es la presencia misma de Dios en medio de su pueblo, guiando y protegiendo, (Isaías 63:11-12) “Entonces su pueblo se acordó de los días antiguos, de Moisés. ¿Dónde está el que los sacó del mar con los pastores de su rebaño? ¿Dónde está el que puso su santo Espíritu en medio de ellos, el que hizo que su glorioso brazo fuera a la diestra de Moisés, el que dividió las aguas delante de ellos para hacerse un nombre eterno”.

Pero ahora falta también esa conciencia de la presencia divina. El Espíritu, entendido principalmente como el Espíritu de la profecía, estuvo activo en el pasado (inspirando al profeta y la Torá) y sería derramado en el nuevo pacto, pero en ese momento, las referencias al Espíritu se habían visto sometidas totalmente a la Sabiduría, al Logos, y a la Torá, y, en particular con los rabinos, la Torá se estaba volviendo más y más en el centro exclusivo de la vida y autoridad religiosa.

En este contexto del legalismo de la letra y la ley, después de años de silencio, Juan el Bautista produjo bastante conmoción. Él mismo no afirmaba que tuviese el Espíritu, pero se aceptaba que era profeta y por ello, que estaba inspirado por el Espíritu de la profecía y como dirá Lucas, lleno del Espíritu, “…no beberá ni vino ni licor, y será lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre…E irá delante de El en el espíritu y poder de Elías…”.

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Su mensaje era impactante, proclamaba que el derramamiento del Espíritu era algo inminente:
"el que venía habría de bautizar en Espíritu Santo y en fuego (Mt. 3.11)".
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Voy a detenerme un momento en este pasaje ya que algunos defienden con él, un doble bautismo del Espíritu, el primero con la regeneración, el nuevo nacimiento cuando confesamos a Jesús como Señor y Salvador. El segundo bautismo ocurriría después, en fuego, en el fuego del Espíritu, cuando el creyente es “revestido de poder”, experimentando la llenura del Espíritu, y se manifiesta en hablando en lenguas, considerando la experiencia de “fuego” en Pentecostés (Hch.2:3).

Existía un rito judío característico de bautizar en agua: el acto de empapar o sumergir en agua era figura de una experiencia sobrecogedora a manos de un Espíritu ardiente. Había de ser una experiencia de juicio. Es interesante ver el contexto de las palabras de Juan, y a quiénes las refiere, hay un énfasis bastante esclarecedor, particularmente en lo relativo al fuego en Mateo 3:7-12 “Pero cuando vio que muchos de los fariseos y saduceos venían para el bautismo, les dijo: ¡Camada de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira que vendrá?...Y el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego…Yo a la verdad os bautizo con agua para arrepentimiento, pero el que viene detrás de mí es más poderoso que yo, a quien no soy digno de quitarle las sandalias; El os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego…El bieldo está en su mano y limpiará completamente su era; y recogerá su trigo en el granero, pero quemará la paja en fuego inextinguible.” , pero no necesariamente destructivo en forma total; el fuego podía purificar tanto como destruir (Mal.3:2s). No era por lo tanto extraño ni sorprendente que Juan formulara la idea del ingreso en el nuevo pacto por inmersión en una corriente ardiente que habría de destruir a los malvados y purificar a los que se arrepientan.

Jesús creó una conmoción aun mayor, porque afirmó que la nueva era, el reino de Dios, no era sólo inminente sino que ya se estaba cumpliendo con su ministerio. Esto hacía pensar claramente que el Espíritu escatológico, el poder del fin, ya había entrado en acción por medio de él en forma palpable, única y real, tal y como lo demostraban sus exorcismos, liberaciones, sanidades, y milagros.

También se hacía patente por su proclamación de las buenas noticias a los pobres (Mt. 5.3–6) que es reflejo de Is. 61.1s. Los evangelistas, naturalmente, no tenían ninguna duda de que todo el ministerio de Jesús se había llevado a cabo en el poder del Espíritu desde el primer momento ya en su nacimiento. Para Mateo y Lucas este obrar especial del Espíritu en y a través de Jesús comienza desde su concepción virginal y con su nacimiento que en los primeros capítulos del evangelio de Lucas, es anunciado por una explosión de actividad profética que proclama el comienzo del fin de la era antigua. Pero los cuatro evangelistas concuerdan en que en el Jordán Jesús experimentó una forma de capacitación especial para su ministerio, un ungimiento que evidentemente estaba unido a su identidad de Hijo de Dios; en consecuencia, en las tentaciones estaba en condiciones de sostener esa convicción, y de definir lo que implica esa identidad de Hijo, sostenido por ese mismo poder (Mt. 4.1, 3s).

El enfoque de Jesús en su mensaje fue claramente diferente al de Juan, no sólo en su proclamación del reino de Dios como algo presente, sino en el carácter que le atribuía a ese reino que se había acercado. Veía su ministerio de forma más positiva, de buenas noticias cargadas de mayor sentido de bendición que de juicio. Cuando ve que se acerca el final de su ministerio terrenal, evidentemente hablaba de su muerte en términos probablemente tomados de la predicación del Bautista (Lc. 12.49–50, bautismo y fuego), probablemente viendo su propia muerte como el padecimiento de las angustias mesiánicas predichas por Juan, como el derramamiento de la copa de la ira de Dios (Mr.10.38s). También habló de la promesa del Espíritu (es interesante la forma verbal presente “mora con…” frente a la futura “estará en…”, formulada en forma de promesa) para sostener a sus discípulos cuando ellos a su vez experimentasen pruebas y tribulaciones.

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.” IV. El Espíritu en el N.T.

Los principales escritores neotestamentarios están de acuerdo en cuanto a la doctrina acerca del Espíritu de Dios, pero con enfoques distintos.

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EL DON DEL ESPIRITU MARCA EL COMIENZO DEL LA VIDA CRISTIANA.

En Hechos el derramamiento del Espíritu en Pentecostés es el momento en que los discípulos experimentaron por primera vez “los postreros días” por si mismos, la venida del Espíritu Santo sobre los creyentes tenía un sentido escatológico que constituía el sello de una nueva era, el momento en que su fe plenamente cristiana tuvo su comienzo. De modo que en Hechos de los Apóstoles 2:38 “Y Pedro les dijo: Arrepentíos y sed bautizados cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo.” , la promesa del evangelio a los primeros interesados se centra en el Espíritu, como también en otras situaciones en las que el evangelio es predicado, el énfasis recae sobre la recepción del Espíritu, lo que evidentemente se considera como el elemento clave que pone de manifiesto la aceptación por Dios de la persona que responde a su mensaje de salvación.

“…les enviaron a Pedro y a Juan, quienes descendieron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; sólo habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo.”

En Pablo el don del Espíritu es el comienzo de la experiencia cristiana “Esto es lo único que quiero averiguar de vosotros: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” , otra forma de referirse y explicar la nueva relación de justificación “…pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.”

Dicho de otra forma, no se puede pertenecer a Cristo a no ser que se tenga el Espíritu Santo (Ro. 8.9), no se puede estar unido a Cristo si no es por el Espíritu (1 Co. 6.17), no se puede compartir la herencia de Cristo como Hijo si no se comparte su Espíritu (Ro. 8.14–17; Gá. 4.6s), no se puede ser miembro del cuerpo de Cristo (la iglesia local) si no se es bautizado en el Espíritu (1 Co. 12.13).

De la misma forma, en el evangelio de Juan el Espíritu de lo alto es el poder que realiza el nuevo nacimiento (Jn. 3.3–8), por cuanto el Espíritu es el que da vida, es el aliento de vida de la nueva creación. Y la presencia del Espíritu es una de las “pruebas de esa nueva vida” (1Jn.4.13).

Es importante comprender que para los primeros cristianos el Espíritu se concebía en función de poder divino claramente manifestado por sus efectos en la vida del receptor. El impacto del Espíritu no dejaba al individuo o al observador en duda acerca de un cambio palpable y significativo que se había sucedido en él mediante la intervención divina. Muchas veces Pablo reconduce a los lectores de sus cartas a la experiencia inicial que tuvieron con el Espíritu. Para algunos había sido una experiencia sobrecogedora del amor de Dios (Ro. 5.5); para otros de gozo (1 Ts. 1.6); para otros de iluminación (2 Co. 3.14–17), o de liberación (Ro. 8.2; 2 Co. 3.17), o de transformación moral (1 Co. 6.9–11), o de diversos dones espirituales (1 Co. 1.4–7; Gá. 3.5). En Hechos la manifestación del Espíritu que se menciona más frecuentemente es la de hablar bajo el Espíritu, hablar en lenguas, profetizar y alabar, predicar con denuedo la palabra de Dios (Hch. 2.4; 4.8, 31; 10.46; 13.9–11; 19.6). Es por ello que la presencia del Espíritu como tal en la persona, puede señalarse como la característica que define o debiera definir al cristiano (Ro. 8.9; 1 Jn. 3.24; 4.13), y que la pregunta de Hechos de los Apóstoles 19:2 “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Ellos le dijeron: -Ni siquiera habíamos oído que hubiera Espíritu Santo ....” merece una respuesta directa como la que se da en Gálatas 3:2s: “Esto es lo único que quiero averiguar de vosotros: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?...El justo por fe vivirá.”

Podemos afirmar por tanto que una persona cuando cree recibe el Espíritu Santo. No depende del cumplimiento de ningún mandamiento de la ley, sino el Espíritu viene a morar a la vida de un creyente al oír con fe el mensaje de salvación de Cristo.

El Espíritu como tal puede ser invisible, pero su presencia puede ser fácilmente detectada (Juan 3:8).

El don del Espíritu no era, por tanto, simplemente una deducción consecuencia del bautismo o la imposición de manos, sino un acontecimiento sumamente real para los primeros cristianos. Hechos, Pablo, y Juan hablan de muchas experiencias del Espíritu, pero no de una segunda o tercera experiencia del Espíritu claramente indicada como tal. Pentecostés no fue una segunda experiencia del Espíritu para los discípulos, sino su bautismo en el Espíritu para ingresar en la nueva era (Hch. 1.5 ), el nacimiento de la iglesia y su misión.

Los intentos de armonizar los pasajes de Jn. 20.22 y Hch. 2 a un nivel histórico directamente podrían ser erróneos, ya que el propósito de Juan puede ser más teológico que histórico, es decir, el de destacar la unidad teológica de la muerte, resurrección, y ascensión de Jesús, con el don del Espíritu y la misión. De modo semejante en Hch. 8, por cuanto Lucas no concibe la venida del Espíritu de un modo silencioso o invisible, el don del Espíritu en 8.17 es para él la recepción inicial del Espíritu (8.16, “solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús”). Lucas, más aun, parecería sugerir que su fe anterior no podía considerarse como entrega a Cristo o confianza en Dios (8.12—“
—“creyeron a Felipe”—como descripción de la conversión no tendría paralelo en Hechos).

El ESPIRITU COMO EL PODERPARA LA NUEVA VIDA
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Según Pablo, el don del Espíritu es también un comienzo que anticipa un cumplimiento final (Fil. 1.6), el comienzo y el primer paso de un proceso de transformación a la imagen de Cristo, que dura toda la vida y que sólo logra su perfección total en la resurrección del cuerpo.

Por consiguiente, para el creyente la vida es diferente de lo que era antes de comenzar a andar en el camino de la fe. Su vida diaria se convierte en la forma que tiene de responder al Espíritu, capacitado para ello por el poder de ese mismo Espíritu.

“…que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. El ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz,…Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios.” “ Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.”

Para Pablo esta era la diferencia básica y decisiva entre el cristianismo y el judaísmo rabínico. El judío vivía por la ley, lo que el Espíritu había revelado en generaciones pasadas, plasmado en letra en la ley. Esta actitud conduce inevitablemente a la inflexibilidad, por cuanto la revelación del pasado no es siempre inmediatamente apropiada para las necesidades del presente. Pero el Espíritu produce el que se pueda dar de forma inmediata la relación personal con Dios, lo cual da cumplimiento a la antigua esperanza de Jeremías, y que hizo que la adoración y la obediencia resultaran mucho más libres, vitales, y espontáneas.

“Vienen días, dice Jehová, en los cuales haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres … este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Pondré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: “Conoce a Jehová”, porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande…” “No es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne, sino que es judío el que lo es en su interior, y la circuncisión es la del corazón” “porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.”

Al mismo tiempo, en razón de que el Espíritu es sólo un comienzo de la salvación final en esta vida,no puede haber cumplimiento final de su obra en el creyente mientras dure esta vida. El hombre del Espíritu ya no depende de este mundo y sus normas para orientar su vida y obtener satisfacción y complacencia, pero sigue siendo persona de deseos, fragilidad y debilidad humana. Todavía forma parte de la sociedad humana. Por lo tanto, y haciendo eco de los postulados platónicos-cristianos, tener el Espíritu es experimentar tensión, oposición y conflicto entre la vida vieja y la nueva, entre la carne y el Espíritu (Ro. 7.14–25; Gá. 5.16s). A los que veían la vida característica del Espíritu en función de visiones, revelaciones, y cosas semejantes, Pablo les respondió que la gracia adquiere su expresión plena sólo en la debilidad, y gracias a ella (2 Co. 12.1–10; Ro. 8.26s). “Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad… Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

Lucas y Juan dicen poco acerca de otros aspectos de la vida progresiva del Espíritu de los que creían en Jesús.

“Entonces las iglesias…eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo.” , y en cambio centran la atención particularmente en la vida del Espíritu, en cuanto dirigida hacia la tarea misionera (Hch. 7.51; 8.29, 39; 10.17–19; 11.12).
El Espíritu es ese poder que da testimonio de Cristo (Jn. 15.26; Hch. 1.8; 5.32).

El ESPIRITU DE COMUNIDAD Y DE CRISTO
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Un rasgo distintivo del Espíritu del nuevo nacimiento en la gracia, es que forma parte de la experiencia de todos, y que obra a través de todos, no sólo de unos pocos.

En la enseñanza de Pablo es sólo esta participación en común, en el mismo y único Espíritu lo que hace que un grupo de individuos independientes y diversos constituyan un cuerpo. Y es sólo en la medida en que cada uno permite que el Espíritu tenga expresión en palabra y en hecho como miembro del cuerpo que ese cuerpo va adquiriendo madurez en Cristo.

“procurando mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz: un solo cuerpo y un solo Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación;…hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.”

Es por ello que Pablo alienta la libre expresión de toda la gama de dones del Espíritu,“Pues así como en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo e individualmente miembros los unos de los otros. Pero teniendo dones que difieren, según la gracia que nos ha sido dada, usémoslos” e insiste en que la comunidad ponga a prueba toda palabra y acto que pretenda tener la autoridad del Espíritu.

“No apaguéis el Espíritu; no menospreciéis las profecías. Antes bien, examinadlo todo cuidadosamente, retened lo bueno; absteneos de toda forma de mal.”

Se destacan estos mismos aspectos paralelos en torno a un culto que está determinado por la dependencia inmediata en el Espíritu más que del lugar. Esto significa que Jesús está presente ahora en el creyente sólo en el Espíritu, y mediante ese Espíritu , y que la señal del Espíritu es tanto el reconocimiento de la posición actual de Jesús (1 Co. 12.3), como la reproducción en el creyente de los rasgos que corresponden a su carácter de Hijo, como también los de su vida de resurrección.

“Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros” “Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando El se manifieste, seremos semejantes a El porque le veremos como El es.”

LLENOS DEL ESPÍRITU
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Pablo presenta la opción de nueva vida en el Espíritu introduciendo un elemento de comparación, la ebriedad o exceso de bebida. Resulta llamativa la comparación ya que podía haberse referido de forma directa. Es posible que utilice este símil debido a que nada caracterizaba más la vida pasada de estos creyentes que la ebriedad, y el llenarse de vino. La mayoría de sus contemporáneos todavía vivían en ese estilo de vida de borracheras y excesos. Sin embargo ahora son personas nuevas con vidas y comportamientos nuevos, en el Espíritu.

Existe una cierta similitud paralela en ambos estados y estilos de vida. (Hchos.2:12-16). Cuando uno se emborracha pierde el dominio de sí mismo, actúa, habla y piensa bajo los efectos del alcohol que le domina, apoderándose de su cuerpo y su mente. Lo mismo debería pasarnos a nosotros como nuevas personas, llenas del Espíritu, controlados en nuestra forma de hablar, actuar y obrar, donde no podamos ocultar a los demás que estamos “bajo los efectos del Espíritu” que se ha apoderado totalmente de nosotros y ya no somos los mismos.

Somos capaces de hacer y decir cualquier cosa, la alegría y el gozo son consecuencias comunes también a ambos estados “Tú diste alegría a mi corazón. Mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto.”

Podemos concluir por tanto que esta exhortación a ser llenos del Espíritu, nos recuerda, con una imagen cercana, que nuestra forma de vida debe estar dominada no por los cánones de nuestra sociedad actual (el viejo hombre) sino según las características del reino (la nueva creación en Cristo). Jesús afirmó que los frutos nos sirven para conocer a las personas, es decir, que lo que uno es, lo que lleva dentro, eso mismo sale fuera. Lo que la gente manifiesta exteriormente nos habla claramente de lo que hay en el interior.

El fruto del espíritu es por tanto la muestra inequívoca, la evidencia de que somos espirituales, que vivimos y andamos en el espíritu. Por si queda alguna duda, Pablo en su carta a los gálatas lo aclara no solo explicando lo que es y en que consiste, sino también dando una lista antagónica, lo que no es. Habla sobre el conflicto entre el Espíritu y la carne, y describe el fruto de ambos, en especial el fruto del Espíritu en la vida cristiana.

“…Andad por el Espíritu, y no cumpliréis el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis… Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes, contra las cuales os advierto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.

Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio… Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.

Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.”

Opino sinceramente que aquellas cosas con las que llenamos nuestro corazón, llenan también irremediablemente nuestra vida. Tanto si lo hacemos con envidias, celos, enemistades, alcohol,… como si lo hacemos con bondad, fe, mansedumbre,… se verá. Debemos esforzarnos en vivir en el espíritu, que como señalábamos en el punto anterior, se ejercita en el trato con el prójimo, la espiritualidad es vivida de forma palpable y real en comunidad.

“No os dejéis engañar, de Dios nadie se burla; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará.

Porque el que siembra para su propia carne, de la carne segará corrupción, pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.

Y no nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos.

Así que entonces, hagamos bien a todos según tengamos oportunidad, y especialmente a los de la familia de la fe.”

Definiciones breves
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Una buena forma de concluir, concretar, clarificar, y resumir lo expuesto creo que sería exponer los conceptos principales que tienen que ver con algunas de las obras que el Espíritu Santo realiza en la vida del creyente.

Regeneración
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Es el acto divino de dar vida eterna. Es el nuevo nacimiento. Sucede en un momento concreto de la vida de la persona cuando esta estaba muerta espiritualmente por el pecado , recibiendo vida. Pasamos a ser espiritualmente vivos.


Sello del Espíritu
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Es la prueba, garantía o señal de que el creyente disfrutará de su herencia eterna con Cristo. En Efesios 1:13 se describe a los cristianos de como “sellados con el Espíritu Santo de la promesa”; han recibido un anticipo de lo que llegarán a ser en la eternidad. De forma parecida hace una mención al Espíritu Santo en Ef. 4.30, donde en el curso de una exhortación al observar un comportamiento semejante al de Cristo, sigue la frase aclaratoria, “con el cual fuisteis sellados para el día de la redención”; mientras que en 2 Co. 1.21s se describe a los creyentes como “ungidos” por Dios, el que también “nos ha sellado” y nos ha dado el Espíritu Santo como garantía eterna. Etimológicamente hace referencia a la paga y señal como garantía entre dos personas de que lo pactado se llevaría a término según lo hablado. En nuestro país los novios intercambian anillos para simbolizar el compromiso de que los novios se entregerán el uno al otro en la boda futura. En este caso el Espíritu Santo en sí mismo es esa señal, prueba, o garantía, no solo nos sella, sino que él es el sello.

Bautismo del Espíritu
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Es el acto divino por el que somos incorporados al cuerpo de Cristo la Iglesia .Sucede en el momento de la conversión, al creer en Jesús, siendo unidos en un solo cuerpo , que es edificado con los dones que el Espíritu reparte como quiere, al creyente para que sean puestos al servicio de la Iglesia . Es para todos los creyentes sin excepción.

Morada del Espíritu
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Es la presencia permanente del Espíritu Santo en la vida del creyente , de forma que ya no viene y va como en el A.T sino que ahora está de forma continua.

Llenura del Espíritu
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Proceso continuo de sometimiento y entrega constante a Dios, dejándole que controle cada área de nuestra vida, en obediencia a su Palabra y bajo la guía de Espíritu, en una actitud que nos acerca a la dependencia de Dios en nuestra vida.

Conclusión
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La vida cristiana comienza con el hecho de aceptar a Cristo como Salvador y Señor, recibiendo el Espíritu Santo en nosotros. Ahora bien, tras nuestro nuevo nacimiento espiritual, lo más importante no es simplemente que soy hijo de Dios y tengo vida eterna, ese es solo el primer paso. El nuevo nacimiento es el comienzo, lo realmente definitivo y relevante es VIVIR UNA VIDA ABUNDANTE.

La verdadera espiritualidad: un nuevo estilo de vida.

La verdadera espiritualidad. Creo que va más allá de una “lista de cosas” que no podemos hacer y otra de cosas que debemos practicar. Es más debiéramos deshacernos de tabúes y “listas”, para tener vidas más fáciles y ligeras, si logramos liberarnos de una mentalidad legalista superficial, podremos vivir con mayor profundidad espiritual. Al mismo tiempo acabamos cumpliendo mucho de lo que dice una supuesta "lista" pero movidos no por el legalismo y la superficialidad, sino por amor genuino, que brota de una profunda y sobrecogedora libertad espiritual . Una vida interior espiritual, genuina y saludable, libre de ataduras da como resultado una vida exterior diferente, una vida movida por AMOR a Dios y al prójimo, andando en el espíritu, libres de pecado, viviendo bajo los valores del reino de Dios, donde el que sirve es el mayor, donde el pobre, el necesitado, el marginado es feliz, esa es la verdadera espiritualidad. El fervor espiritual me lleva a adorar a Dios en la realidad de la vida diaria con mis semejantes y con mi Señor. Tomar mi cruz cada día y seguir a mi Maestro, identificarme con el proyecto de vida de Cristo.

Quizás nuestro mayor reto después sea dejar las tradiciones religiosas y abrirnos a la experiencia cristiana que se encuentra en Dios, en su Palabra. Tener el coraje y la valentía de disfrutar de la fe, del culto, la adoración, la meditación, la vida de oración, el estudio de las Escrituras, el servicio a otros, la comunión y la misión tanto a nivel individual como comunitario. Reinterpretar el evangelio y mi propia vida desde la propia experiencia del Espíritu y la Palabra. Creo en una teología, que indudablemente es racional, pero que en mi vida no se conforma meramente con pensar o hablar en términos doctrinales correctos de Dios. En racionar sobre Él.

Apuesto por una verdadera espiritualidad que cuente con lo interior, enraizada en una experiencia de fe en Dios dinámica, viviente y en continuo crecimiento. Una experiencia que indiscutiblemente debe ser vivida en comunidad y a la vez en la privacidad de una intimidad personal con Dios. Vivir en el espíritu, una vida espiritual, siempre tiene como sujeto principal a una persona concreta, no se concibe como algo abstracto, sino como algo personal, subjetivo y singular.

Tengo la firme convicción de que el nuevo nacimiento, la nueva creación en Cristo, esa nueva naturaleza espiritual que nos es dada, envuelve la totalidad de lo que somos, cuerpo, alma (entendiendo esta como fuente de las emociones , en las que está asociada con la voluntad y la acción moral) y espìritu. “Que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser—espíritu, alma y cuerpo— sea guardado irreprensible…”.

En cuanto a cómo he vivido yo la experiencia de mi conversión, mi nuevo nacimiento y mis pasos en el camino hacia la madurez y plenitud en Cristo, decir que, para mi, significa no solo actuar conforme a leyes de amor y solidaridad (que creo que muchos practican aun sin tener el Espíritu Santo, incluso negando a Dios), sino que también afecta mi mente, comprendiendo las cosas espirituales encerradas en la revelación de Dios, afecta mi corazón, mis sentimientos, reconociendo la facilidad de manipulación que tienen nuestras emociones), siendo capaz de sentir en lo más profundo de mi ser ríos de agua viva, fuego abrasador que me hace vibrar, capaz de elevar mi mente y mi corazón de la vanidad del mundo al entonar con mi voz una alabanza al Señor, un canto de adoración, o un momento de oración. Rendirme, quebrantado, bañado en lágrimas, movido a misericordia al ver aquellos que sufren y mi propio sufrimiento y pecado. Afecta también mi voluntad siendo capaz de enfrentar luchas y adversidades por amor a Dios y a su obra. Sin caer en el extremismo de concebir la experiencia mística- sensorial, como el único y más preciado don que tiene o debe tener el creyente, creo que debemos aceptar que una vida equilibrada en Dios, una vida de verdadera espiritualidad, recorre el camino del conocimiento profundo de Dios, no solo el camino de sensaciones, pero sin renunciar a éstas y mucho menos negarlas. No debemos enmudecer o fraccionar parte de nuestro ser, movidos por nuestros prejuicios.


Bibliografía
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Libros

Jürgen Moltmann, El Espíritu Santo y la teología de la vida. Ediciones Sígueme. (Salamanca) 2000. Colección “ Verdad e imagen”.
Bernd Jochen Hilberath, Pneumatología. Editorial Herder. (Barcelona) 1996. Biblioteca de Teología.
Eduard Schweizer, El Espíritu Santo. Ediciones Sígueme. (Salamanca) 1984.
John R.W. Stott, La nueva humanidad. El mensaje de Efesios. Ediciones Certeza. (Ecuador). 1987.
D.Martyn Lloyd-Jones, La vida en el Espíritu. Una exposición de Efesios. Editorial T.E.L.L. (EEUU) 1983.
J.D.G.Dunn, Jesús y el Espíritu. Ed. Secretariado Trinitario. 1ªed. (Londres) 1975. Traducción en 1981 en Salamanca.
J.Oliver Buswell Jr. Teología Sistemática. Tomo 3. Jesucristo. Ed.Logoi. (EEUU) 1983.
Jaime Fasold. Dones Espirituales. Ed.Portavoz, USA, 2000.
José M. Martínez, Fundamentos teológicos de la fe cristiana. Clie.2001.


Versiones Bíblicas consultadas
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Reina Valera Revisada (1960), (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
La Biblia de las Américas, (La Habra, California 90631: The Lockman Foundation) 1986, 1995, 1997.
Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
Dios Habla Hoy - La Biblia de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.


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