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Comentario exegético-devocional a Cantar de los Cantares
Original escrito por Matthew Henry a principio del siglo XVIII.
Traducido y adaptado al castellano por Francisco Lacueva.
© 1988 Derechos reservados por Editorial CLIE.





Introducción

No cabe duda de que este Libro es inspirado por Dios, como lo entendió Israel y lo entiende la Iglesia. Este Cantar de Salomón es muy diferente de los que compuso su padre David: No contiene el nombre de Dios (excepto el lugar, problemático, de 8:6b); no aparece citado en el Nuevo Testamento, y no se hallan en él expresiones de devoción espiritual ni huella alguna de revelación divina. Más que ninguna otra Escritura, cuesta mucho ver en él 'olor de vida para vida' (2 Co. 2:16), y podría resultar fácilmente 'olor de muerte para muerte' a cualquiera que se acercase a él con mente carnal y corazón corrompido. Por eso, los doctores judíos aconsejaban a los jóvenes a no leerlo hasta que tuviesen treinta años de edad, a fin de que no se encendieran las llamas de la pasión con el abuso de lo que es más puro y sagrado. Tenemos aquí un cántico nupcial; de eso no hay duda. Desde tiempos antiguos (nota del traductor), se le ha dado una interpretación más bien alegórica, viendo en él la expresión lírica de la comunión íntima, espiritual, de Dios con Israel; o de Cristo con la Iglesia y, en la Iglesia de Roma, se le ha llegado a dar un sentido mariológico. Los exegetas modernos, tanto católicos como protestantes y judíos ven en él un romance amoroso de Salomón ('quizás el único romance puro de Salomón', según Ryrie) con una joven sulamita. La exégesis moderna rompe viejos moldes también en otro punto importante: Los personajes de esta especie de 'drama lírico' no son dos, sino tres: la sulamita, un pastorcillo que la ama y a quien ella ama de veras, y Salomón que desea conquistar el corazón de la sulamita, pero no lo consigue. Por fin. Salomón tiene que dejarla marchar, y ella se va en hysca de su amado pastorcillo. Toda aplicación devocional que aparezca en este comentario, de la pluma de M. Henry, ha de entenderse, pues, como una acomodación. Salgo, pues, responsable de la exégesis, que raras veces coincidirá con la que M. Henry hace.


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| Ver Comentario a Cantares 1|

Cantar de los Cantares 1 (RV60)

1 Cantar de los cantares, el cual es de Salomón.
2 ¡Oh, si él me besara con besos de su boca!
Porque mejores son tus amores que el vino.
3 A más del olor de tus suaves ung:uentos,
Tu nombre es como ung:uento derramado;
Por eso las doncellas te aman.
4 Atráeme; en pos de ti correremos.
El rey me ha metido en sus cámaras;
Nos gozaremos y alegraremos en ti;
Nos acordaremos de tus amores más que del vino;
Con razón te aman.
5 Morena soy, oh hijas de Jerusalén, pero codiciable
Como las tiendas de Cedar,
Como las cortinas de Salomón.
6 No reparéis en que soy morena,
Porque el sol me miró.
Los hijos de mi madre se airaron contra mí;
Me pusieron a guardar las viñas;
Y mi viña, que era mía, no guardé.
7 Hazme saber, oh tú a quien ama mi alma,
Dónde apacientas, dónde sesteas al mediodía;
Pues ¿por qué había de estar yo como errante
Junto a los rebaños de tus compañeros?
8 Si tú no lo sabes, oh hermosa entre las mujeres,
Ve, sigue las huellas del rebaño,
Y apacienta tus cabritas junto a las cabañas de los pastores.
9 A yegua de los carros de Faraón
Te he comparado, amiga mía.
10 Hermosas son tus mejillas entre los pendientes,
Tu cuello entre los collares.
11 Zarcillos de oro te haremos,
Tachonados de plata.
12 Mientras el rey estaba en su reclinatorio,
Mi nardo dio su olor.
13 Mi amado es para mí un manojito de mirra,
Que reposa entre mis pechos.
14 Racimo de flores de alheña en las viñas de En-gadi
Es para mí mi amado.
15 He aquí que tú eres hermosa, amiga mía;
He aquí eres bella; tus ojos son como palomas.
16 He aquí que tú eres hermoso, amado mío, y dulce;
Nuestro lecho es de flores.
17 Las vigas de nuestra casa son de cedro,
Y de ciprés los artesonados.


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Comentario a Cantares 1

Después del título, I. hallamos a la sulamita en soliloquio, en el que expresa su nostalgia del amado ausente (vv. 2-4). II. Al ver que las damas de la corte la espían, les explica por qué está morena (vv. 5, 6) y proclama a gritos su deseo de saber dónde está su amado (v. 7), a lo que responden las damas que vaya a buscarlo (v. 8). III. Entra el rey, ensalza su belleza y promete adornarla con joyas (vv. 9-11). IV. Después de marcharse el rey a comer, la sulamita cae como en un sueño, en el que, en su imaginación, tiene con el amado una conversación amorosa (vv. 12-17).

Versículos 1-6

El título Cantar de los cantares es una especie de superlativo, para decir que es un cantar muy excelente, como se llama Santo de los santos al Lugar Santísimo. Su autor es Salomón, cuyos cánticos fueron 1.005 (1R. 4:32);los demás se han perdido. No se sabe cuándo lo compuso, pero es probable que lo compusiera a principios de su reinado.

1. La sulamita se dirige, con la imaginación, a su amado ausente. Dos son las cosas que de él desea:

(A) Su amor (v. 2): «¡Oh. si él me besara con besos de su boca!». Puesto que está enamorada, desea que su amado la bese cariñosamente. Quizá es un beso de reconciliación, semejante al de Esaú a Jacob y al del padre del Hijo Pródigo que volvía arrepentido. Da varias razones de su deseo: (a) La estima en que tiene su amor: «Porque mejores son tus amores (hebr. dodim, caricias de amor) que el vino», es decir, mejores que un buen banquete, pues eso es lo que significa aquí el vino (comp. Est. 7:2; Is. 24:9). Las almas piadosas estiman el amar a Cristo y ser amadas de él más que los más exquisitos placeres del sentido, (b) La fragancia de los perfumes del amado (v. 3): «Tus perfumes son gratos al olfato» (espléndida versión de F. Asensio). "El Midrás, dice el rabino Lehnnan, lo aplica a Abraham, quien extendió el conocimiento del verdadero Dios del mismo modo que un perfume difunde su esencia'. Nosotros estamos llamados a difundir el buen olor de Cristo con una conducta realmente cristiana, (c) El prestigio de su nombre: «Tu nombre es como un ungüento que se vierte»; es estimado por todos los que le conocen. «Por eso las doncellas te aman». Se imagina que todas habrían de estar tan enamoradas de su amado como lo está ella. Nótese en el v. 2 el cambio repentino de la 3a. persona a la 2 a. ¡Tan intensa es su pasión!

(B) Su compañía (v. 4). Pide ansiosa a su amado que venga y se la lleve corriendo: «Llévame en pos de ti; corramos». Vemos, pues, (a) Su petición de ayuda; «Llévame» (Lit. atráeme. Comp. Jn. 6:44); esto es, «atráeme a ti, cerca de ti a casa contigo». También Cristo ha dicho que nadie puede venir a él a menos que el Padre lo atraiga, (b) «¡corramos!» La sulamita tiene prisa por salir del palacio de Salomón, que simboliza el mundo con sus placeres. El deseo del alma de correr tras Cristo es efecto de la gracia de Dios (2 Co. 3:5; Fil. 4:13). (c) Da una razón de la prisa que tiene: «El rey me ha hecho entrar en sus mansiones»; esto es, me ha sacado de mi casa por la fuerza. Cuando los mártires cristianos eran obligados por la fuerza a ofrecer incienso a los dioses falsos, les podían forzar las manos, pero no el corazón, (d) El resto del v. 4 se puede interpretar de dos maneras; primera, la sulamita viene a decir ahora que, a pesar de eso, ella se acuerda de su amado (V. La semejanza con los vv. 2b y 3b); segunda (menos probable), las damas de la corte responden que ellas prefieren la compañía de Salomón.

2. La sulamita explica, a continuación, a las damas de la corte, por qué está morena (vv. 5, 6), literalmente negra, como las tiendas de Cedar, las negras tiendas de campaña de las tribus nómadas descendientes de Ismael (Gn. 25:13; Sal. 120:5); ello se debe a la tristeza y a los sufrimientos que padece (comp. Lam. 4:7). Pero todavía está hermosa, como las cortinas de Salomón, sus pabellones de pieles preciosas (Sal. 104:2). También la Iglesia puede estar negra por la persecución que sufre, pero hermosa con la paciencia y constancia con que la soporta. En efecto, la negrura de la sulamita no es natural, sino contraída: (A) El sol la ha tostado (v. 6), en la ocupación fatigosa que le ha sido encomendada, pero eso ya se le pasará; así que. no tienen que reparar en ella con menosprecio; cuando se le pase, aparecerá más hermosa que ellas. (B) Sus hermanos se enfadaron con ella y la pusieron a guardar las viñas. Probablemente, su padre había muerto; sus hermanos estaban irritados contra ella a causa de sus amores con el pastorcillo, por lo que la pusieron a cuidar las viñas para impedir que se viese con él.

Algo parecido les pasa a los creyentes, a quienes Cristo profetizó que, en muchos casos, sus propios familiares vendrían a ser sus peores enemigos. La última frase del v. 6: «Mi propia viña no guardé» puede interpretarse de tres maneras: (a) no me cuidé de mis apariencias, al contrario que vosotras (así Ryrie); (b) Nunca tuve viñas propias que cuidar (Ibn Ezra); (c)Dejé de cuidar las viñas de la familia para venir en busca de mi amado (F. Asensio). Esta interpretación es la más probable.

Versículos 7-11

1. Se dirige ahora humildemente a su amado ausente. En sentido espiritual, como la pastora al pastor, así también la Iglesia (y cada creyente) a su Señor y Salvador, para tener una más íntima comunión con Él (v. 7):

«Hazme saber, etc». Nótense: (A) El título que da a su pastorcillo (nosotros, a Cristo): «Oh, tú a quien ama mi alma» (es decir, mi persona. V. Gn. 2:7b). (B) La opinión que tiene de él como de buen pastor de sus ovejas; no duda de que apacienta bien a las ovejas y las hace descansar al mediodía. Ambas cosas hace Cristo (Jn. 10:9; Mt. 11:28). (C) Su petición de ser admitida a tener comunión con él: «Hazme saber...dónde...dónde...». Desea saber dónde se halla pastoreando el rebaño y abrevándolo durante las horas más calurosas del día. Es entonces, al mediodía, cuando su amado sestea con las ovejas, no por la noche como los amantes de las damas de la corte (comp. con Sal. 23:2) ¡Qué bien cumple con nosotros este oficio nuestro Buen Pastor!

2. Presenta una razón muy poderosa para no estar vagando en busca de él (v. 7b): «¿Por qué había de estar yo como vagabunda (lit. como la que se cubre), aludiendo quizás a la práctica de las rameras (V. Gn. 38:15) tras los rebaños de tus compañeros?». Dejar al Pastor de nuestras almas (1 P. 2:25), para ir en busca de otros amores, es una grave deslealtad al que nos amó y se entregó por nosotros (Gá. 2:20).

3. Las damas de la corte le responden sarcásticamente, haciéndole ver que, si no le gustan las delicias de palacio, más le vale volver a su oficio de pastora (v. 8). Como ella había dicho de sí misma que era hermosa (v. 5), ellas la llaman burlonamente (es lo más probable) 'la más bella de las mujeres'. De manera semejante se mofan de los creyentes, como de seres extraños, los que antes eran sus amigotes y compañeros de vicio (V. 1 P. 4:4).

4. Ahora (v. 9) es Salomón, con la mayor probabilidad, quien habla, resuelto a intentar de nuevo ganarse el corazón de la sulamita. (A) La compara a yegua de los carros de Faraón. Esta comparación sería suficiente, en nuestros países occidentales, para ganarse el enojo y el desprecio, si un enamorado le hablase así a una joven; pero ha de tenerse en cuenta que, para Salomón, el caballo egipcio poseía una belleza que le fascinaba. 'El fue el primero en introducir el caballo y el carro como parte normal del ejército de Israel', observa Lehrman. (B) A continuación la lisonjea diciéndole que, aun con ornamentos sencillos como los que lleva, son hermosas sus mejillas (v. 10) y su cuello. Pero, ¡cuánto más hermosa parecerá con los pendientes de oro, incrustados de plata (v. 11), que él va a mandar hacer para ella! El apóstol Pedro señala que el atavío interior de la persona vale más que todos los adornos exteriores que una mujer pueda ponerse (1 P. 3:3, 4). Así será presentada la Iglesia a Cristo en el último día (Ef. 5:27)

Versículos 12-17

1. Mientras el rey estaba en su diván (v. 12), reclinado junto a la mesa redonda para comer, los pensamientos de la sulamita vagan, lejos de allí, hasta su amado pastorcillo (v. 13), que es para ella su saquito de mirra, como lo llevaban en estas ocasiones las mujeres suspendido del cuello por debajo del vestido. También para los creyentes. Cristo es el Amado (mejor, el Bienamado), el único Amado. Es comparable a un manojito de mirra y a un racimo de alheña, como compara la sulamita a su amado (vv. 13, 14), es decir, a todo lo más agradable y deleitoso. El vocablo hebreo para 'alheña' es kófer, el mismo vocablo que significa 'el precio para redimir una vida' ¡La sangre de Cristo es precisamente el precio con que fuimos redimidos! (1 P. 1:18, 19).

En la comparación del manojito de mirra (v. 13b), la sulamita dice que reposa entre sus pechos, cerca del corazón. Cristo permitió al discípulo amado (y a todos nosotros) reclinar la cabeza en su seno ¿Por qué, pues, no habríamos de permitir nosotros que él reposara en el pecho de cada uno de nosotros? El rey, en comparación de su amado, no significa nada para la sulamita. Lo mismo hemos de pensar los creyentes acerca de todos los atractivos que el mundo nos pueda ofrecer (1 Jn. 2:15-17).

2. Embebida en estos pensamientos, la sulamita cae como en un sueño y, con la imaginación, entabla un diálogo con su amado pastor, diálogo que se prolonga hasta 2:6. Resulta muy difícil decidir si, en el v. 15, es Salomón quien habla, continuando con sus lisonjas (como opina Lehnnan), o es el pastorcillo en el 'sueño' de la sulamita. La paloma se toma como símbolo de inocencia y pureza. Unos ojos hermosos son, en la mentalidad hebrea, índice de una bella personalidad, de un hermoso carácter. Jesucristo considera hermosos a los que tienen, no el ojo penetrante del águila, sino la pura y casta mirada de la paloma; no a los que son como el halcón que, cuando alza el vuelo al cielo, todavía tiene el ojo sobre la presa que hay en la tierra, sino a los que tienen ojos modestos y humildes, con los que descubren una sencillez, una piadosa sinceridad y una inocencia de paloma, iluminados y guiados por el Espíritu Santo.

3. Ignorando los requiebros de Salomón (v. 16) o, más probable, respondiendo imaginariamente a las también imaginarias frases de su pastorcillo, la sulamita responde con frases parecidas a las de él: «¡Qué hermoso eres, amado mío! ¡y qué encantador!» (New Intemational Versión). También la Iglesia, al ser reconocida como hermosa por el Señor Jesucristo, debe decirle: «¿Dices tú que yo soy hermosa? ¡Sólo lo soy por haber estampado tú en mí tu propia imagen!»

4. Con menosprecio al lujoso diván de Salomón, continúa la sulamita diciendo: «Nuestro lecho es de flores» (lit. de verdor). Piensa, dice Lehrman, en el campo donde se enamoraron' (v. 16b). Siempre en forma de comparación con el suntuoso palacio de Salomón, agrega (v. 17): «Las vigas de nuestras casas (lit.) son de cedro, y de ciprés los artesanados». Está hablando metafóricamente, y es por demás interesante el significado de estas frases: Ellos no tienen una casa, como Salomón, sino muchas, aludiendo a los cedros bajo los que se cobijaban en lo más caluroso del día. Y los artesanados (el vocablo hebreo no sale en ningún otro lugar de la Biblia) o, más probable, el mueblaje de esas 'casas' es de ciprés. Como aplicación espiritual, y viendo en el pastor a nuestro amado Señor Jesús, podemos recordar que, con él, todo es nuestro (1 Co. 3:22). Y aun él mismo es para nosotros: «El cuerpo para el Señor, y el Señor para el cuerpo», dice el apóstol Pablo (1 Co. 6:13, comp. con Cant. 2:16; 6:3).

* Fuente:
Comentario exegético-devocional a Cantar de los Cantares
Original escrito por Matthew Henry a principio del siglo XVIII.
Traducido y adaptado al castellano por Francisco Lacueva.
© 1988 Derechos reservados por Editorial CLIE.

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| Ver Comentario a Cantares 2 |

Cantar de los Cantares 2 (RV60)

1 Yo soy la rosa de Sarón,
Y el lirio de los valles.
2 Como el lirio entre los espinos,
Así es mi amiga entre las doncellas.
3 Como el manzano entre los árboles silvestres,
Así es mi amado entre los jóvenes;
Bajo la sombra del deseado me senté,
Y su fruto fue dulce a mi paladar.
4 Me llevó a la casa del banquete,
Y su bandera sobre mí fue amor.
5 Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas;
Porque estoy enferma de amor.
6 Su izquierda esté debajo de mi cabeza,
Y su derecha me abrace.
7 Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén,
Por los corzos y por las ciervas del campo,
Que no despertéis ni hagáis velar al amor,
Hasta que quiera.
8 ¡La voz de mi amado! He aquí él viene
Saltando sobre los montes,
Brincando sobre los collados.
9 Mi amado es semejante al corzo,
O al cervatillo.
Helo aquí, está tras nuestra pared,
Mirando por las ventanas,
Atisbando por las celosías.
10 Mi amado habló, y me dijo:
Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.
11 Porque he aquí ha pasado el invierno,
Se ha mudado, la lluvia se fue;
12 Se han mostrado las flores en la tierra,
El tiempo de la canción ha venido,
Y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola.
13 La higuera ha echado sus higos,
Y las vides en cierne dieron olor;
Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.
14 Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes,
Muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz;
Porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto.
15 Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas;
Porque nuestras viñas están en cierne.
16 Mi amado es mío, y yo suya;
El apacienta entre lirios.
17 Hasta que apunte el día, y huyan las sombras,
Vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o como el cervatillo
Sobre los montes de Beter.


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En este capítulo, I. Continúa el imaginario diálogo de la sulamita con su amado pastorcillo (vv. 1-6). II. Como vuelta de su 'sueño', se dirige a las damas de la corte (v. 7). III. Refiere, a continuación, un incidente del pasado (vv. 8-17).

Versículos 1-7

1. La sulamita se compara a sí misma humildemente con una modesta flor de los prados. El vocablo hebreo aparece aquí y en Is. 35:1. Suele traducirse por 'rosa', pero su significado es incierto y es más probable que se refiera al narciso, abundante en Palestina y muy estimado de los nativos. Sarán es la zona costera, llana, entre Yaffá o Joppe y Cesarea. El lirio de los valles, otra flor muy común, era, al parecer, una variedad de color rojo, según se desprende de 5:13. El Midras hace la siguiente aplicación: 'Los justos han de ser comparados al lirio del valle que dura mucho, no al lirio de la montaña que pronto se marchita'. En su humildad halla su humedad, mientras el de la altura no perdura.

2. Al oír esta modesta declaración. Salomón aprovecha la ocasión para lisonjear, una vez más, a la sulamita con un ingenioso cumplido (v. 2). «Sí, es verdad que eres un lirio -viene a decir-, pero eres como el lirio entre los espinos, ya que las doncellas de Jerusalén no son otra cosa que espinos si se las compara con tu hermosura sin par». La belleza de los creyentes consiste en parecerse a Jesucristo. Los buenos creyentes superan en belleza a los hijos del siglo como un parterre de rosas supera a una hilera de zarzas. Los malvados, 'doncellas del mundo', al no tener amor a Cristo, no son sino espinos, inútiles y dañosos. El pueblo de Dios son como lirios entre espinos que les dañan con su mala voluntad y los oscurecen con su altivez, pero Dios ama a los suyos y les protege de todo mal.

3. Sin dar oídos a la adulación de Salomón, la sulamita compara a su amado pastorcillo a un manzano, árbol que da fruto delicioso, no a un cedro que de nada sirve mientras no es cortado para vigas o muebles (v. 3), y recuerda cuan dulce le resultaba su compañía, por la sombra que le daba y el fruto que le ofrecía. Algo parecido, pero inmensamente mejor, hallan los creyentes junto al Señor (A) Sombra que refrigera y alivia a los cansados y fatigados (Mt. 11:28); (B) Alimento abundante (Jn. 10:9). La bodega (v. 4. lit. La casa del vino) significa el festivo banquete con que su amado la obsequia. También el Señor Jesús aprovechó la cena pascual como banquete de despedida de los suyos. «Su bandera sobre mi fue amor», continúa (v. 4b). Comenta Gesenio: 'Sigo tras la bandera de amor que mi amado despliega delante de mí, igual que los soldados siguen el estandarte militar y nunca lo abandonan'.

4. Estos pensamientos le producen tal nostalgia de su amado, que está a punto de desmayarse (v. 5) y pide estimulantes que la sostengan ¡Si tan fuerte fuese nuestra nostalgia por estar en la presencia del Señor! (Comp. Sal. 63:1-8).

5. El v. 6 se entiende mejor en optativo, puesto que su amado está ausente: «Esté su izquierda bajo mi cabeza, y su derecha me abrace» (Biblia de las Américas y New American Standard Tr.). En el Señor Jesucristo hallan los creyentes protección, soporte y amor sin par.

6. El v. 7 resulta difícil, pero su sentido es claro. Ante la insistencia de las damas de la corte para que la sulamita se deje enamorar por los requiebros de Salomón, ella responde que el amor no puede ser despertado desde fuera; tiene que nacer de dentro, tan libre y espontáneo como las gacelas y las ciervas del campo que no están enjauladas ni sujetas con cadenas, sino que corretean a su gusto por la campiña. Compárese con la delicada invitación del Señor Jesús en Ap. 3:20. El versículo viene a ser como el epifonema que cierra las secciones del libro (comp. 3:5; 8:4).

Versículos 8-17

Comienza aquí una nueva sección que acaba en 3:5, en la cual la sulamita refiere un incidente del pasado.

1. Cambia el escenario. Ya no estamos en el palacio de Jerusalén, sino en la residencia regia en el campo, probablemente al norte de Palestina. Pero los personajes son los mismos: La sulamita y las damas de la corte. El v. 8 debe traducirse como en la New International V.: «¡Escuchad! ¡Mi amado! ¡Mirad, aquí viene, etc.!». En su imaginación, la sulamita oye a distancia los pasos de su amado y le ve saltando sobre los montes y brincando sobre los collados. También Abraham vio a distancia el día del Señor Jesús y se regocijó (Jn. 8:56). Por el amor que nos tenía, el Señor Jesús vino dando grandes saltos: Del cielo al seno de una virgen; cargado con nuestros pecados, al madero (1 P. 2:24); del madero, a la tumba; de la tierra, al cielo. La maldición de la ley y la muerte en cruz han de ser soportadas, y hay que amarrar a todos los poderes de las tinieblas, pero, antes de las realizaciones de su amor, esas grandes montañas se convirtieron en llanuras. Cualquiera sea la oposición que se haga, en cualquier tiempo, a la liberación de la Iglesia de Dios, Cristo se abrirá paso por en medio de ella. Viene rápido, como el corzo y el cervatillo; el tiempo se les hacía largo, pero en realidad se apresuraba.

2. Vivamente se le representa su amado pastorcillo llegando ya al vallado, mirando por las ventanas y atisbando por las celosías (v. 9). Comenta Lehnnan: "El verbo hebreo para «atisbar» significa «chispear» y quizás insinúa que ella piensa que su rescatador está tan cerca que puede ver en ella el ardiente fulgor de los ojos de su amado'. Con la misma viveza (v. 10), se representa al amado respondiendo (Lit.), es decir, tomando la palabra, y diciéndole, etc. La invita a salir y a marcharse con él. Para mejor incitarla a seguirle, le dice que ha llegado ya la primavera con todas las agradables señales que anuncian la llegada de tan deseable estación del año:

Pasó el invierno y las lluvias de marzo y abril (v. 11), han brotado las flores (v. 12), llegó el tiempo de la poda (más probable que de la canción) de las vides, y se ha oído la voz (no el canto) de la tórtola (V. Jer. 8:7), anunciando la llegada de la primavera. Durante todo el invierno, las flores están muertas y enterradas en sus raíces; no queda ninguna señal de ellas; pero en la primavera reviven y se muestran en toda su admirable variedad, y con todo el verdor y su múltiple colorido. Esta descripción de la primavera que retorna, como razón para venir a Cristo y con Cristo, es aplicable a la introducción del evangelio en la habitación de la dispensación de la Ley, durante la cual era invierno para la Iglesia. El evangelio de Cristo calienta lo que estaba frío y hace fructífero lo 'que antes estaba muerto y estéril; cuando llega a un lugar, pone en él gran belleza y gloria (2 Co. 3:7, 8). La estación primaveral es muy agradable; también lo es la dispensación de la gracia del evangelio. La liberación de la Iglesia del poder de sus enemigos perseguidores es como una primavera después de un invierno de sufrimiento y falta de libertad. Cuando han pasado las tormentas de la aflicción, cuando se oye la voz de la tórtola, el alegre sonido del evangelio de Cristo, predicado con toda libertad, levantémonos y vayamos, (comp. v. 13b).

4. Los higos de que habla el v. 13 no son los que maduran en agosto, sino los primerizos o brevas, que son deliciosas. Y las vides en flor difunden sufragando. Frutos primerizos y olor fragante se dan a conocer en la conversión de un pecador: salir del estado de la naturaleza al estado de la gracia es, también para él, el retomo de la primavera, un cambio total, un nuevo nacimiento. El alma que era dura y fría, estéril como la tierra en invierno, se vuelve fértil y fructífera como la tierra en primavera y, por grados también, como la tierra, produce su fruto hasta llevarlo a perfección. Este feliz cambio se debe únicamente a la influencia del sol de justicia. Un hijo de Dios, cuando está bajo el peso de dudas y temores, es como la tierra en invierno: las noches son largas y los días son oscuros y fríos; pero pronto retomará el consuelo: volverán a cantar los pájaros y aparecerán las flores. Levántate, pues, pobre alma, y ven. Los huesos que yacían en el sepulcro, como las raíces de las plantas en el suelo durante el invierno, reverdecerán como el césped (Is. 66:14, comp. con Is. 26:19). Aquello será un eterno adiós al invierno y una gozosa entrada en una perpetua primavera.

5. Tras esta descripción de la llegada de la primavera, la ilusionada sulamita escucha la voz de su amado que la invita de nuevo (v. 13b, comp. con v. 10b) a salir y marcharse con él. «Paloma mía», dice el pastorcillo, «que estás... en lo escondido de escarpados parajes» (v. 14). "Las palomas, dice Lehrman, hacen sus nidos en las hendiduras de las rocas y se resisten a salir de allí cuando están asustadas. El amante pastor, impaciente por la tardanza de ella en unirse a él, la urge a que deje su escondite". Así también, Cristo es la roca en la que el alma busca su refugio, como la paloma en las hendiduras de las rocas, cuando se siente perseguida por las aves de presa (Jer. 48:28). A la invitación, une el amado dulces requiebros.

6. El v. 15 es difícil de interpretar dentro de este contexto. Según Ryrie, 'ambos (el pastorcillo y la sulamita) resuelven tomar medidas contra todo lo que pueda echar a perder sus relaciones'. Según Lehrman, 'junto con el v. 14, podría ser una canción popular en el tiempo de la cosecha". F. Asensio viene a dar como probables ambas opiniones. Cabe otra interpretación: los hermanos de la sulamita la envían de nuevo a cuidar la viña (comp. con 1:6). Pero entonces, ¿cómo se explica ese plural «cazadnos »? Aunque la interpretación literal de este v. es tan difícil, la acomodación espiritual es sencilla. «El zorro, dice Watchman Nee, se come el fruto de la vid, pero las pequeñas raposas estropean los tiernos pámpanos». Esto es, según M. Henry, A) Un encargo a los creyentes a que mortifiquen sus apetitos pecaminosos, pequeñas raposas que destruyen las gracias, aplastan los buenos comienzos e impiden que lleguen a la perfección. Cazad las pequeñas raposas, los comienzos del pecado, de esos pecados que parecen insignificantes, pero son tan peligrosos. (B) Un encargo a todos a impedir la extensión de opiniones y prácticas que tienden a corromper el sano juicio de los hombres, a viciar las conciencias, a poner en perplejidad las mentes y a desalentar las inclinaciones a la virtud.

7. Los vv. 16 y 17 constituyen: (A) Una ferviente profesión del amor que la sulamita y el pastorcillo se tienen recíprocamente, a pesar de todos los esfuerzos de los hermanos de ella por separarlos; (B) Una tierna, amorosa y urgente llamada al amado para que vuelva, ligero como el corzo o como el cervatillo, hasta que soplen las brisas del atardecer (éste es el sentido de la primera parte del v. 17) y huyan las sombras al ponerse el sol que las ocasionaba. En vano esperó la sulamita, pues llegó la noche (3:1) sin que él apareciese viniendo sobre los montes de Báter. La Iglesia no duda de que llegará el frescor de la brisa del atardecer y de qué huirán las sombras presentes, para dar paso a las realidades futuras. El vocablo hebreo báther significa división o separación. Según esto, caben varias interpretaciones: (a) 'montes con quebradas intermedias" (probable, según Lehrman);

(b) 'montes de separación', por el corte que parece efectuar el horizonte (según Dhorme); (c) 'montes de división' de la víctima para el sacrificio (comp. con Gn. 15:10) en dos partes iguales (según Joüon y Robert-Toumay). Estas dos últimas opiniones son expuestas por F. Asensio al 'relacionar nuestro Báter, dice, con la raíz btr, separar o cortar'. Esta nostalgia de la sulamita por su amado puede aplicarse al Maran atha, ¡Señor, ven! que la Iglesia primitiva solía repetir en sus cultos con tensa y viva expectación de la Segunda Venida del Señor (V. el griego original de 1Co. 16:22, comp. con Ap. 22:20).

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| Ver Comentario a Cantares 3|

Cantar de los Cantares 3 (RV60)

1 Por las noches busqué en mi lecho al que ama mi alma;
Lo busqué, y no lo hallé.
2 Y dije: Me levantaré ahora, y rodearé por la ciudad;
Por las calles y por las plazas
Buscaré al que ama mi alma;
Lo busqué, y no lo hallé.
3 Me hallaron los guardas que rondan la ciudad,
Y les dije: ¿Habéis visto al que ama mi alma?
4 Apenas hube pasado de ellos un poco,
Hallé luego al que ama mi alma;
Lo así, y no lo dejé,
Hasta que lo metí en casa de mi madre,
Y en la cámara de la que me dio a luz.
5 Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén,
Por los corzos y por las ciervas del campo,
Que no despertéis ni hagáis velar al amor,
Hasta que quiera.
6 ¿Quién es ésta que sube del desierto como columna de humo,
Sahumada de mirra y de incienso
Y de todo polvo aromático?
7 He aquí es la litera de Salomón;
Sesenta valientes la rodean,
De los fuertes de Israel.
8 Todos ellos tienen espadas, diestros en la guerra;
Cada uno su espada sobre su muslo,
Por los temores de la noche.
9 El rey Salomón se hizo una carroza
De madera del Líbano.
10 Hizo sus columnas de plata,
Su respaldo de oro,
Su asiento de grana,
Su interior recamado de amor
Por las doncellas de Jerusalén.
11 Salid, oh doncellas de Sion, y ved al rey Salomón
Con la corona con que le coronó su madre en el día de su desposorio,
Y el día del gozo de su corazón.


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En este capítulo, I. La sulamita continúa refiriendo el incidente del que habló en la 2a. parte (vv. 8 y ss.) del capítulo precedente, y termina con el mismo encargo que dio en 2:7 (vv. 1-5). II. Salomón, con un enorme alarde de esplendor majestuoso, intenta de nuevo ganarse el afecto de la sulamita (vv. 6-11).

Versículos 1-5

1. Desanimada por no haber aparecido su amado, la sulamita no puede conciliar el sueño (v. 1). Cuatro veces, una por cada versículo-(vv. 1-4), repite la frase 'al que ama mi alma', que ya vimos en 1:7. Nótese el gozo que se muestra en ese 'Hallé... lo agarré y no lo solté' (v. 4. Comp. con Sal. 119:2, 10; Jer. 29:13; Le. 15:4) ¿Es así de ferviente nuestro amor a Cristo? Por largo tiempo, la consolación de Israel se dejó esperar, mas el buen Simeón tuvo, por fin, en sus brazos al Mesías que esperaba y amaba. Locamente enamorada, la sulamita se levanta del lecho y comienza a dar vueltas por la ciudad (probablemente, Sulam, más bien que Jerusalén). Su resolución: «Me levantaré, etc.». (v. 2) no puede menos de recordamos la misma frase del Hijo Pródigo en Le. 15:18; y la pregunta a los guardas:

«¿Habéis visto al que ama mi alma?» (v. 3) nos recuerda igualmente la santa locura que mostró la Magdalena en su conversación con quien ella creía que era el hortelano (Jn. 20:15). Los guardas fueron incapaces de decirle a la sulamita dónde se hallaba su amado. Sólo los que tienen íntima comunión con Cristo pueden mostrar a otros el camino para hallarlo. La meditación de las Escrituras y la oración nos facilitaran esa comunión.

2. «Apenas había pasado de ellos (de los guardas) un poco, etc.» (y. 4). Pasó de los guardas tan pronto como se percató de que no podían darle noticias de su amado. Pero, en seguida que hubo pasado de los guardas, halló a su amado. Cuan dulce hubo de ser el hallazgo, después de esta persistente búsqueda, es difícil de expresar, pero fácil de imaginar. «Buscad (lit. continuad buscando) y hallaréis», dijo el Señor y nos aseguró que «el que continúa buscando, halla» (Mt. 7:7, 8. Los verbos están en presente continuativo) ¡Nadie se desanime! El Señor alarga muchas veces la pregunta para que mejor satisfaga la respuesta.

3. El v. 4b, mediante un paralelismo de sinonimia, parece mostrar que la madre de la sulamita aprobaba las relaciones que ella mantenía con el pastorcillo. El v. 5 cierra la sección, como en 2:7, donde se puede ver el comentario.

Versículos 6-11

1. Cambia la escena, si no el escenario, y en el resto del capítulo se nos describe, con la mayor probabilidad, la vuelta de Salomón, con gran escolta, a su regia residencia del norte de Palestina. Es probable que la pregunta del v. 6 saliese de labios de la sulamita. Aunque el pronombre demostrativo está en singular femenino, la verdadera versión debe ser «Qué es eso...?» en neutro, ya que, como muy bien advierte Lehrman, '¿Cómo podría un espectador distinguir, a tal distancia, si el ocupante de la regia litera era una mujer, y si estaba perfumada con mirra?'. Uno de los sirvientes del rey responde (vv. 7-10) con una descripción de todo el cortejo del rey:

Entre nubes de incienso aromático que parecen una columna de humo (v. 6), se acerca la litera o, mejor, el palanquín de Salomón (v. 7), una carroza lo bastante amplia para que vaya cómodamente reclinado el regio viajero, cubierta la carroza con un rico dosel, y con sendas columnas en los cuatro extremos, siendo llevada en procesión por cuatro o más hombres. Solían tener cortinas para resguardarse del sol y ventanas o celosías a ambos lados, según Ginsburg. Setenta guardaespaldas, de entre los más valientes de Israel, bien armados, le hacen escolta (vv. 7b, 8), por las alarmas de la noche, como dice explícitamente el texto; es decir, para protegerle de los merodeadores nocturnos. Cristo mismo estuvo bajo la protección especial de su Padre; tenía a su disposición legiones de ángeles. También la Iglesia está bien guardada y protegida; son más los que están con ella que los que están contra ella (V. 2R. 6:16, comp. con 2 Cr. 32:7; Sal. 55:18b; 1 Jn. 4:4). Todos los atributos de Dios entran en juego para salvaguardar a los creyentes; su paz protege a los que son verdaderamente suyos (Fil. 4:7). Nuestro peligro viene de los dominadores de este mundo de tinieblas, pero estamos a salvo con la armadura de Dios, que es una armadura de luz (V. Ef. 6:12 y ss., comp. con 1 Ts. 5:1-8).

2. Los vv. 9 y 10 detallan los materiales con que estaba construido el palanquín de Salomón. El mittah, litera, del v. 7 es llamado en el v. 9 apiryón, palanquín cubierto, por donde se adivina su forma que ya hemos descrito. La última parte del v. 10 debe traducirse así: «Su interior, tapizado con amor (es decir, amorosamente) por las doncellas de Jerusalén». Dice M. Henry: 'La plata es mejor que el cedro, el oro es mejor que la plata, pero el amor es mejor que el oro, y por eso se pone el último, porque no puede haber ninguna cosa mejor que él" (V. 1 Co. 13:13). El Evangelio nace del amor de Dios (Jn. 3:16; 1 Jn. 3:1), y sin el amor, nada vale todo lo demás (1 Co. 13:1-3).

3. El v. 11 va dirigido a las doncellas de Sión, sinónimo de las doncellas de Jerusalén del v. anterior. Es el coro de cantores el que ahora habla, según F. Asensio. En todo caso, se trata evidentemente de llamar la atención de la sulamita, a fin de que le impresione más la llegada del rey y esté mejor dispuesta a consentir en la petición de mano que Salomón insiste en proponerle. Sin embargo, la sulamita está enamorada del pastorcillo y seguirá siéndole fiel, a pesar de todos los intentos de Salomón para deslumbrarla y conquistarla. Todo esto es, de algún modo, imagen del esplendor mundano y de las variadas formas que reviste para tentar a los creyentes (comp. con Ec. 2:4-8; Gá. 6:14; Fil. 3:8; 1 Jn. 2:15 y ss.). Puede verse el contraste entre Fil. 1:20, 21 y 2 Ti. 4:10. ¡Ojalá tuviésemos los creyentes el mismo grado de amor al Esposo Celeste que la sulamita tenía a su amado pastor!

4. «Con la corona, etc.» (v. 1 1b). Cuando los creyentes aceptan a Cristo por su amado Señor y Salvador y se unen a él con pacto perpetuo, es el día de la coronación de Cristo en los corazones de ellos. Antes de la conversión se coronaban a sí mismos, pero después comienzan a coronar a Cristo (comp. con Ap. 4; 10) y así continúan haciéndolo desde aquel día. Es el día de sus desposorios, en el cual se desposa con ellos para siempre en amor, gracia y favor. Es el día del gozo de su corazón. Se alegra del honor que los suyos le dispensan.